Nuestra historia
Una nota de la fundadora.

Hay un silencio particular que pertenece al bosque que ha sido vaciado. No es el silencio de la paz. Es el silencio de la ausencia, el que se oye en una casa después de que todos se han ido.
Lo escuché por primera vez en 2021, tendida en una hamaca dentro de una estructura de madera a medio construir, en plena Amazonía peruana, escuchando la noche. Había ranas. Algún pájaro de vez en cuando. Un leve rumor en el dosel. Pero era un sonido delgado. Nada de esa intensidad sinfónica, en capas, por la que la Amazonía es famosa: ni monos aulladores, ni guacamayos, ni un coro al amanecer tan denso que lo arranque a uno del sueño más profundo. El dosel estaba ahí, y era verde. En una fotografía lo habría llamado hermoso. Debajo, el bosque estaba mudo. Ni un mamífero grande. Ni armadillos. Ni perezosos. Ni una huella en la orilla del lago.
Estaba tendida en medio de la selva amazónica, y había silencio. Eso tendría que haber sido imposible. Y fue el comienzo de todo.
Por qué vine
Debo decir quién soy, porque importa para esta historia. No soy bióloga. No soy activista. Mi vida han sido las instituciones y la gobernanza, la arquitectura de cómo los sistemas funcionan o dejan de funcionar. En Ucrania fundé una empresa y entré en la lista de Forbes antes de cumplir los treinta; después pasé al gobierno, como vicegobernadora de la región que custodia nuestros bosques de los Cárpatos, y más tarde como asesora del Presidente sobre cómo el país gobierna sus bosques. Dirigí las campañas, encabecé las protestas, defendí esos bosques de todas las formas que conocía. Y todo eso me enseñó una cosa que nunca he desaprendido: la verdadera respuesta nunca está en los altos despachos. Está en la fuente.
Así que fui a la fuente. Pasé un mes en un barco fluvial subiendo el Amazonas desde Manaos hacia la triple frontera donde se encuentran Perú, Colombia y Brasil, durmiendo en hamacas colgadas entre árboles, bañándome en un río que sabíamos lleno de caimanes. A dos semanas río arriba, en una aldea de la que nunca había oído hablar, el jefe de una pequeña comunidad se sentó conmigo junto a una sola vela y desplegó un papel que guardaba escondido como una reliquia: el título notarial de un cuarto de millón de hectáreas de selva. Luego abrió las cuentas de la aldea, llevadas a mano en un cuaderno escolar. Trescientas personas, viviendo con cien dólares al mes, custodiando ese bosque con dos rifles, ambos ilegales, frente a hombres que llegan con fuego. Y lo custodiaban por completo, a cambio de nada.
Me senté a esa luz de vela y sentí algo que no había sentido desde que dejé la política. No era lástima. Era furia. Los mejores guardianes que tiene este bosque, y el mundo está construido de tal modo que mantenerlo vivo los mantiene en la pobreza, mientras que quemarlo los habría hecho ricos.
No vine a la Amazonía a admirarla. Vine a responder una sola pregunta en la práctica, con las manos en la tierra: ¿existe una forma de organizar a las personas y al bosque para que protegerlo sea una ventaja y no un sacrificio? La mejor manera que encontré de responderla fue vivir dentro de él, convertirme en propietaria de tierra y aprender las reglas de un sistema que lleva millones de años funcionando sin nosotros.
La frontera
Compré tierra entre las chacras, las pequeñas parcelas familiares más allá de las últimas casas de Santa Clara de Ojeal, a unos cuarenta minutos de Iquitos. Los ecólogos llaman frontera a lugares como este: la zona donde los asentamientos presionan contra el bosque intacto y ninguno de los dos lados ha ganado todavía. Suena abstracto hasta que uno se para en medio de una.
La aritmética de una frontera es devastadora. Cada familia de aquí despeja unas cinco hectáreas al año por roza y quema: se tumban los árboles, se seca la maleza, se enciende el fósforo, la ceniza alimenta dos o tres temporadas de cultivo, y luego la familia se adentra más y vuelve a quemar. Santa Clara tiene unas ciento cincuenta familias. Son casi mil hectáreas de selva al año, perdidas por un solo caserío de cuatrocientas personas; no por una corporación, no por una excavadora, sino por pequeños fuegos encendidos por gente a la que le dieron tierra y ningún otro modelo para usarla. Multiplique eso por los miles de caseríos a lo largo de los ríos de la Amazonía peruana y tendrá cómo muere el bosque en realidad: no desde el centro, sino desde los bordes, hectárea a hectárea, familia a familia, fuego a fuego. Lo cual significa que, si uno quiere aprender a salvarlo, no empieza en el interior profundo. Empieza aquí. En el borde.
Construir algo en medio de todo eso
Durante tres años viví en la selva, codo a codo con trabajadores de Santa Clara, construyendo lo que se convirtió en AWAKEN Sanctuary: madera y palma, materiales comprados a las familias de alrededor, villas asentadas dentro del bosque y no recortadas de él, un lago con una plataforma en el centro, un restaurante, una sala de yoga, nuestra propia agua, nuestra propia energía, Starlink bajando a través del dosel. Quiero ser precisa sobre lo que es, porque las palabras importan. No es un hotel. Es un lugar donde las personas entran a la selva no como turistas sino como alumnos de un sistema tan interconectado y tan silenciosamente abrumador que reordena algo por dentro. La Amazonía hace eso si uno se lo permite. No da lecciones. Demuestra.
El precio de creer fue mi cuerpo. Tuve dengue tres veces, y después de uno de ellos pasé buena parte de un año demasiado débil para levantarme. En esa humedad los billetes se deshacen en pulpa entre las manos; la ropa cría moho en la percha; en una sequía larga uno cuenta los días hasta que se acaba el agua. Había pasado toda mi vida en ciudades. Allá afuera pertenecía, por entero y sin apelación, al clima y al agua. Y, para mi sorpresa, me alegraba de ello.
Pero antes de que cualquier filosofía pudiera importar, tuve que hacer algo mucho más simple. Detuve la tala en nuestra tierra. Detuve la caza. Dejé al bosque en paz.
El llamado silencioso
Lo que ocurrió después lo vi desde mi propia ventana, y es lo más extraordinario que he visto en mi vida.
El bosque no volvió al azar. Volvió en orden, como siguiendo un plano que nadie había dibujado. Primero los hongos del suelo, reconstruyendo las redes subterráneas por las que los árboles comparten alimento y avisos. Luego las plantas pioneras espesando el sotobosque, que trajeron a los insectos, que trajeron a las aves. Mi hora favorita pasó a ser las cinco de la tarde, cuando salía caminando hasta la plataforma en medio del lago. En los primeros meses venían unos pocos pájaros. Al cabo de un año llegaban familias enteras entre las cinco y las seis de cada tarde, grandes bandadas descendiendo sobre los árboles alrededor del agua, y yo me sentaba a sentir cómo el bosque subía despacio el volumen.
Después los mamíferos. Caimanes en el lago. Iguanas en las orillas. Armadillos escarbando junto a la casa del árbol. Una familia de majas, grandes roedores moteados muy cazados en esta región, se instaló al lado de mi propia villa. Perezosos en una terraza. Una tropa de monos que llegaba a las diez de cada domingo por la mañana a los árboles junto a mi cuarto y se peleaba con los pájaros como una pequeña y ruidosa telenovela. Empezamos a ponerles a las villas los nombres de los animales que las habían reclamado. Un día encontramos en el camino un perezoso bebé, caído, sin madre; lo alimentamos con una cucharita y lo llamamos Kusi, que en quechua significa alegría. No podía sobrevivir sin su madre y tuvimos que entregarlo a un refugio, pero hasta esa pequeña pena era evidencia: los perezosos estaban aquí, y se sentían lo bastante seguros como para criar. Volvieron los osos hormigueros. Las tortugas. Y luego los ocelotes, esos pequeños felinos esquivos cuya presencia le dice a un biólogo que un bosque en recuperación ha reconstruido su base de presas.
Y entonces, un mes de junio, acostada en mi cama de noche, lo oí. Un rugido grave y ronco, en secuencias cortas, de esos sonidos que se sienten en el pecho antes de que los oídos terminen de registrarlos. A dos o tres kilómetros, pero en el aire húmedo de la selva sonaba como si el animal estuviera justo detrás de la pared. Cada noche volvía. La gente de Santa Clara lo confirmó: habían visto al jaguar.
Un jaguar no regresa a un paisaje por casualidad. Viene solo cuando la base de presas se ha recuperado y la cobertura es suficiente, cuando el bosque se ha reconstruido hasta el punto de poder sostener a su habitante más exigente. Cada ave, cada armadillo, cada perezoso que había vuelto era una nota de una melodía que se recomponía. El jaguar era el acorde completo. Era el bosque diciendo, en el lenguaje más claro que tiene: estoy vivo otra vez. Me quedé a oscuras y lloré de alegría.
Lo que me enseñó el borde
La frontera no renuncia a sus hábitos porque un pedazo de ella sane. Con los animales volvieron también los cazadores, y aprendí que construir un refugio es solo la mitad del problema. La otra mitad es el paisaje de alrededor, donde la fauna sigue siendo un recurso gratuito, un supermercado sin paredes. Una tarde sonó el teléfono con la noticia de que habían matado a un felino joven cerca del santuario, lo habían desollado y ofrecían su piel por doscientos cincuenta dólares. Durante noches, su madre rondó el territorio en la oscuridad y lloró, y si alguna vez ha oído a un animal llorar su duelo a través del aire delgado de una noche de selva, sabe que no es algo que uno interprete. Entra por debajo del lenguaje, y se queda.
Entendí entonces de qué trata en realidad todo el proyecto. La gente que vive junto a este bosque no es su enemiga; son los descendientes de comunidades que alguna vez tuvieron al jaguar por sagrado. Pueden ser quienes desmantelen el bosque o quienes lo cuiden, y la diferencia está en si alguien les ha dado una razón. Por eso el Sanctuary se construyó como se construyó: cuarenta y cinco empleos permanentes para las cuatro comunidades que nos rodean, materiales comprados a las familias locales, un convenio de cooperación vigente desde 2020, un centro de voluntariado y programas de emprendimiento para mujeres en el pueblo, curanderos shipibos bienvenidos en la tierra. El bosque ya sabe cómo volver. El trabajo es construir el sistema humano que se lo permita.
Las tormentas, y el siguiente capítulo
En febrero de 2024 una tormenta eléctrica destruyó nuestro sistema eléctrico. Ese verano el río bajó más de lo que nadie recordaba. Luego, entre septiembre y noviembre, vientos que nadie aquí había visto arrancaron los techos de doce villas, aplastaron la sala de yoga y dejaron fuera de servicio dos de nuestras tres bombas de agua. Para entonces habíamos recibido a noventa y seis huéspedes de quince países en una sola temporada, entre ellos un retiro de yoga de cuarenta personas y un retiro de danza de veinte, y el bosque a nuestro alrededor estaba más lleno cada mes. Cerramos las puertas en noviembre.
He cargado este lugar durante cinco años, en el cuerpo y en las cuentas, y sé exactamente lo que es: un santuario construido sobre tierra titulada, en el borde preciso donde la Amazonía se está perdiendo y donde, como demostramos, puede recuperarse. Restauraré lo que las tormentas se llevaron antes de entregar las llaves. Lo que recibe el próximo dueño es una propiedad que ya funciona, una comunidad que ya nos conoce y un bosque que ya respondió la pregunta que vine a hacer. Ya sea que me quede como socia dentro del equipo o lo entregue por completo, el Sanctuary necesita a alguien que pueda llevarlo a su siguiente capítulo con más de un par de manos.
El jaguar sigue allá afuera. De noche, cuando el Sanctuary se apaga y la selva se llena de todo lo que vive en ella, ese rugido grave sigue llegando a través de los árboles. No se ha ido.
La pregunta es quién estará ahí para escucharlo.
Olga Sytnyk, fundadora de AWAKEN Sanctuary. Los datos sobre huéspedes, comunidad y fauna provienen de los registros de la propiedad; el regreso permanente del jaguar sigue siendo el horizonte, no una afirmación presente.